USAR LOS DONES
Dios nos ha dado talentos y quiere que los hagamos fructificar y multiplicar de manera responsable. Condena a aquellos que, presa del miedo y sin voluntad, se comportan como el siervo malvado que escondió su único talento (Mateo 25, 14-30). Nos pide que seamos generosos a la hora de poner en práctica los dones recibidos. Quien es temeroso y cobarde significa que no tiene confianza en Él, en el Señor del mundo, en el dueño de la mies. Las capacidades naturales que tenemos deben integrarse con los dones de la gracia, que deben dispensarse para que venga el reino de la alegría de Dios en la tierra. Con la acción del Espíritu Santo y la confianza en Dios, nada es imposible para el hombre, porque es Dios quien actúa en él. Dad y se os dará, dice Jesús (Mt 14,29); pero si no dais, se os quitará incluso lo que tenias.
Ayudar a los pobres, liberar a los oprimidos en cuerpo y alma, eso es poner en práctica los talentos. Son los dones que Dios ha asignado a cada uno de nosotros para que los usemos, los empleemos al servicio de los demás. Ofrecidos a nosotros en el Bautismo, se les llama más a menudo carismas, término griego que deriva del sustantivo χάρις, «cháris» (gracia).
El mundo niega los carismas, que expresan la misericordia de Dios con signos a veces espectaculares, como las curaciones milagrosas: el mundo niega la Gracia. Nosotros también tenemos algo de culpa: si no ponemos en práctica los carismas, que exteriorizan el poder de Dios en nosotros, ¿cómo pueden las personas creer que Jesús es Dios?
LOS DONES DE DIOS NO NOS HAN SIDO CONCEDIDOS PARA QUE LOS MANTENGAMOS OCULTOS. ES MÁS, SI NO LOS UTILIZAMOS, SE EMPOBREZECEN, SE APAGAN, DESAPARECEN. SE MARCHITAN.
El Magisterio de la Iglesia enseña que los carismas crecen si se ejercitan, es decir, se desarrollan si se ponen en práctica. Si se usan, crecen; si no, la llama se apaga.
Un ejemplo concreto de este principio lo proporcionó el padre Emiliano Tardif, un sacerdote muy conocido en todo el mundo por su poderoso carisma de sanación. Solía contar que las primeras veces que realizó oraciones de sanación en público para mucha gente, nadie se sanó y él pensó: «¡Qué imagen estoy dando ante estas personas, ante el obispo local!». Luego, a medida que continuaba celebrando estas reuniones, cada vez más personas se curaban, hasta que se manifestaba de manera prodigiosa la misericordia de Dios, con miles de fieles que se curaban de cáncer, sordos que oían y ciegos que veían. Yo también asistí a algunas de estas reuniones. A veces, los ciegos se curaban cuando de la hostia consagrada salían rayos que les daban en los ojos: la niebla (según contaban) que tenían delante de las pupilas se disipaba y veían. A veces, por primera vez en su vida. Si es cierto que los carismas crecen si se utilizan, para hacer oraciones de curación y liberación no hay que esperar a tener la certeza de poseer el carisma de curación o liberación.
No se puede argumentar: no soy capaz, no tengo el carisma, no soy digno. A una persona que afirmaba «no tengo el carisma de curación» se le preguntó: «¿Alguna vez has rezado por la curación de alguien?». «No». «¡Entonces, cómo puedes decir que no tienes el carisma!».
Si uno pone buena voluntad, si posee ese carisma, lo desarrollará; de lo contrario, habrá hecho una intercesión de todos modos. Por lo tanto, una acción beneficiosa, que nunca ha causado daño a nadie (de «Vincere il demonio con Gesù. Come liberare e liberarsi» [Vencer al demonio con Jesús. Cómo liberar y liberarse], de la hermana Angela Musolesi y don Gabriele Amorth, Ed. Paoline, junio de 2015).
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